Sindicatos y sindicalistas para principiantes (Última parte)

La militancia sindical no toma los carriles tradicionales, de una lucha solidaria en favor de los intereses de los compañeros de trabajo, sino que funciona como una suerte de “carrera” paralela al desempeño laboral, a partir de la cual se obtienen beneficio individuales como la cobertura frente a despidos, la posibilidad de obtener “buen trato” por parte de la patronal, la posibilidad de obtención de acceso en condiciones de relativo  privilegio a las prestaciones de la obra social. Aquel que se afianza en la “carrera sindical” y en el seno de organizaciones muy burocratizadas, suele con cierta facilidad acceder a la “licencia gremial”, básicamente la posibilidad de no trabajar o hacerlo con horario y obligaciones reducidas, para cumplir tareas sindicales. Se separa así de sus bases y comienza la trayectoria de burócrata.

Esos modos de reclutamiento, “profesionalización” y goce de privilegios de una militancia sindical burocratizada, se hacen más patentes y complejos a medida que se sube en la escala de la dirigencia. Empiezan los “negocios” de todo tipo, a partir de los fondos del propio sindicato, de la obra social, o incluso de peculiares “asociaciones” con las patronales.  El volumen de esos “negocios” se amplía cuando se pasa de simples delegados a dirigencias locales, ni que hablar cuando es a nivel nacional. Y culmina en el fenómeno de los sindicalistas- empresarios, dueños abiertos o disimulados de empresas del mismo rubro de su “representación” sindical o de otros. Muchas veces, el enriquecimiento de las cúpulas “derrama” hacia abajo, generando amplias cadenas de corruptelas y complicidades de modo que afianza una cultura de “todos ganamos algo”, “aquí nadie es un santo”, etc.

Si se suman esos factores generadores de consenso con los también variados y poderosos que apuntan a la coerción sobre los trabajadores o a la “protección” de las conducciones sindicales por el Estado y patronales, el resultado es un sistema de dominación de gran solidez, con amplias capacidades de neutraliza, desalentar, desarticular o cooptar las oposiciones o resistencias que puedan surgir, incluidos múltiples modos de “castigos” para los que insistan en no someterse. Allí radica parte de la explicación de fenómenos a simple vista tan peculiares o “incomprensibles” como el de dirigentes confirmados o sucedidos por sus colaboradores inmediatos después de las más graves denuncias de corrupción, violencia y fraudes.

La mayor parte de los empresarios, gobiernos y la Iglesia Católica actúan de acuerdo para sustentar lo que suele llamarse “el modelo sindical”. Sobre todo la jerarquía eclesiástica se abstiene de formular cualquier crítica de fondo a la organización sindical, fingiendo ignorar sobre las múltiples componentes antidemocráticos y corruptos del “modelo”. Una y otra vez, las “mesas de diálogo” son habilitadas como forma de descomprimir el conflicto social, y útil pretexto de la CGT para posponer medidas de fuerza o dejar sin efecto planes de lucha.

Puede hablarse de “reforma electoral”, “reforma judicial”, “reforma impositiva”, pero casi nadie se refiere a una “reforma sindical”, un tabú autoimpuesto por los dirigentes políticos de los diferentes partidos del “establishment”.

De todas formas, a las organizaciones sindicales y los luchadores no les cabe esperar ninguna “reforma” venida desde arriba. Un cambio de modalidad organizativa y de prácticas concretas no puede ser obra sino de los trabajadores mismos. Es válido presionar en pro de algún cambio normativo que pueda facilitar un proceso de democratización, es necesario que las protestas se orienten también contra las variadas y reiteradas parcialidades del Ministerio de Trabajo provincial, en detrimento de organizaciones sindicales alternativas o independientes.

Pero en la actitud y las prácticas cotidianas del conjunto de los trabajadores y en particular de quiénes aspiran a construir un sindicalismo sobre nuevas bases, que deben cifrarse las esperanzas y las acciones concretas de cambio. Difícilmente las clases dominantes y las instituciones que le responden cedan de voluntario el “dique de contención” a las luchas que la actual modalidad sindical representa.

¿Alguien escuchó de algún dirigente de la CGT, quejarse por los préstamos a tasas usurarias de las “cuevas financieras”, y de otras entidades a los empleados públicos santiagueños?

En fin, santiagueños: el “sol” no sale para todos. Luego la seguimos.

 

Por Hugo R. Manfredi

 

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