La Religión y sus usos políticos. Un poco de Maquiavelo

Resultado de imagen para maquiavelo fotosResultado de imagen para maquiavelo fotosSe realiza la fiesta patronal en honor al Señor Hallado

«Los instrumentos para dominar a los hombres que a Maquiavelo le proporciona el estudio de la historia han sido, de hecho, constantemente utilizados en la política, pero, por lo general, no con vistas a ese fin supremo. Cuando Maquiavelo, en el famoso capítulo octavo de «El Príncipe», explica que el príncipe puede romper pactos, que no tiene por qué cumplir su palabra, cuando muestra que la religión ha servido en todas las épocas para apaciguar los ánimos de las clases sociales dominadas, cuando sopesa sin el menor escrúpulo qué religión, la cristiana o la pagana podrá prestar mejores servicios a este fin, cuando señala que el exterminio de grupos humanos enteros puede, en determinadas circunstancias, ser utilizado como medio; en resumen, cuando muestra que los bienes más sagrados, lo mismo que los peores delitos, han sido en todo momento instrumentos en manos de los gobernantes, está formulando una doctrina filosófico-histórica trascendental” (1).

El príncipe estará situado más allá del bien y del mal. El Estado podrá ser amoral, inmoral o moral según la razón misma de su conservación, existencia o incremento de fuerza. Los fines políticos son diferentes de los fines morales de un particular. Para empezar, el político, o gobernante, el Estado, el soberano, no ha de ser bueno, pues esta no es buena estrategia ni proporcionará resultados eficaces.

Hay que cultivar la apariencia, la opinión del vulgo, la cual ha de ser favorable al Príncipe o al gobierno, pues si en “El Príncipe”, Maquiavelo es monárquico, en los “Discursos” es republicano. Las mismas técnicas de conservación y acrecentamiento del poder valen en ambos casos, pues de lo que se trata es del “Estado”, de su razón.

El engaño a la opinión pública, al pueblo es fundamental. La política se convierte en retórica: siempre habrá gente que quiera ser engañada por el Estado. Además, el pueblo, el vulgo tiene un conocimiento que en términos platónicos llamaríamos “doxa”, opinión. No se trata tanto de ser ante el vulgo, cuanto parecer. Por ello “el vulgo”, no tendrá acceso a la verdad efectiva de las cosas. El juicio del vulgo no producirá “verdad”, sino “opinión”.

El Príncipe siempre tratará por todos los medios a su alcance de evitar el ser despreciado y odiado por el pueblo.

La religión no se considera en su verdad sino en su eficacia política como el opio del pueblo como cemento para unir los ladrillos del edificio social. Es la ideología social para mantener la estabilidad del Estado.

La religión tiene una evidente función política de tranquilizar a las masas y de generar un consenso social difícil por no decir imposible de conseguir en una sociedad atea. Aquí la religión se entiende como una moral o como una política. Un útil instrumento es la religión para hacer inteligibles al pueblo los principios morales o políticos convenientes para conservar el Estado y la paz social. Para hacer inteligibles al pueblo tales principios es necesario que estén acompañados de símbolos teológicos. Ello incluye lo que Platón denominó la “mentira política”. Esto también lo defendió en la antigüedad Critias al sostener que la religión era una creación o invento político de los gobernantes o de los sacerdotes para mantener al pueblo en la obediencia de las leyes morales o políticos que de otro modo se verán desobedecidas de continuo debido a la inmadurez del pueblo. Por ello, el Estado mantendrá la religión sin cambios para no alterar el consenso social y político y para no ir a la ruina.

En esta relación Estado-Religión-Sacerdotes, Gramsci y Benjamín promovieron (sin éxito aparente) el repensar las relaciones entre el poder de lo simbólico, oculto en un referente flotante, que alude siempre a lo que obra pero no se expresa en palabras, y las contradicciones de la vida real, que incluye la política. Gramsci lo tenía claro. La Iglesia Católica gana siempre porque es maestra en el dominio de los significantes vacíos. Y aquí en nuestra provincia, los aprendices de Príncipes lo saben.

 

Por Hugo R. Manfredi

 

Notas:  

° (1) Horkheimer, Max. “Maquiavello y la concepción psicológica de la historia”, en Historia, metafísica y escepticismo, Alianza Editorial, Madrid, 1982, pág. 28-29.

 

Bibliografía consultada:

° Giménez Pérez, Felipe. “La razón de Estado en Maquiavelo y el antimaquiavelismo español y particularmente en Quevedo”. En Catoblepas, revista crítica del presente.

° Carvallo Robledo, Ismael. “Tres cuestiones sobre Maquiavelo”. Con motivo de la celebración de la Mesa de Discusión sobre los 500 años de redacción de El Príncipe, en El Catoblepas, revista crítica del presente.

° Álvarez Balbuena. “Nicolás Maquiavelo” (O el Pragmatismo Político), en El Catoblepas, número 176, oct. 2016, pág. 1.

 

 

 

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